Medio siglo de canciones en un mismo escenario

Por Leandro Llona

Fotos: Gentileza Adrián Escandar

Decir que Paul McCartney y su banda suenan bien es poco. La formación de Rusty Anderson en guitarra; Brian Ray en bajos y guitarra; Paul “Wix” Wickens en teclados y arreglos; y Abe Laboriel Jr. en batería y coros acompañan al genio de Liverpool hace más de 10 años. Y se nota. La contundencia y la prolijidad con la que interpretan canciones de los Beatles, los Wings y la etapa solista de McCartney dan cuenta de los años y los kilómetros que esos cinco músicos extraordinarios llevan recorriendo juntos.

Los shows de Paul McCartney tienen varios componentes especiales, la relación One on One (“Uno a uno”) que se produce entre él y el público está basada en el lazo que cada uno de los presentes estableció con las canciones. Los viajes son personales y basta mirar hacia los costados para reconocer llantos, sonrisas y gargantas cantando eufóricas en una misma frase de una misma canción. Eso es lo que logra la vigencia generacional de un artista que sabe lo que hace, y lo disfruta más que nadie.

A sus 74 años, McCartney se comió el escenario con frescura, fuerza y vitalidad, yendo del bajo al piano, pasando por guitarras eléctricas, acústicas y hasta un ukelele, instrumento que usó para homenajear a George Harrison en una conmovedora y potente versión de “Something”. Peló instrumentos que dejaron boquiabiertos a  más de uno: una guitarra Les Paul intervenida con dibujos de personas levantando los brazos en diferentes colores, un piano completamente decorado como un arcoíris psicodélico y el clásico bajo Höfner con forma de violín que todos queríamos ver. Paul dejó en claro que durante sus conciertos es un laburante de tiempo completo, y desplegó sobre el escenario toda la magia y la energía de un músico forjado al estilo de la vieja escuela.

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Las puertas del Estadio Único se abrieron a las 17 hs. y un público que variaba entre 0 y 99 años de edad empezó a llegar para ubicarse en sus lugares y disfrutar de las canciones de El Kuelgue y Dj. Chris, mientras se acercaba la hora anunciada para el show.

Alrededor de las 21:15 sonó el primer acorde de “A hard day’s night” para dar comienzo a un recital que duraría unas dos horas cuarenta; y que ofrecería al público la posibilidad de viajar varias décadas en el tiempo y combinar la energía y la potencia de un concierto multitudinario con la intimidad de “Yesterday”, interpretada con guitarra acústica.

Durante la primera mitad de la noche sonaron canciones como “Love me do”, “Can’t buy me love”, “We can work it out” y “And I love her”. La lista de temas incluyó himnos y rarezas: “Hey Jude”, “Let it be”, “Lady Madonna” y “My love” hicieron cantar a todos los presentes; pero también hubo joyas de sus trabajos más recientes como “New”, “Queenie eye” y “FourFiveSeconds”; pieza que grabó como bajista con Rihanna y Kanye West. También hubo tiempo para la psicodelia más ortodoxa y cirquera en una versión (rezarpada) de “Being for the Benefit of Mr. Kite!”.

Minuciosamente dedicaron espacios para lo clásico, lo exótico, lo rockero, lo pop y lo emotivo: cuando nadie lo esperaba Sir. Paul disparó con “In spite of all the Danger”, el primer tema que grabaron los Beatles cuando todavía se hacían llamar The Quarrymen y eran un puñado de adolescentes rebeldes haciendo canciones raras en el Liverpool de mediado de los ’50. También homenajeó a su amigo y compañero John con “Here today”, y el público no tardó en responder con su canto criollo recitalero: Ole, ole, ole, ole, Lennon, Lennon. La audiencia argentina coreó el nombre de uno de los Beatles más inmortales de la formación.

Cuando llegó el turno de “Elanor Rigby”, el genial Laboriel Jr. abandonó su posición atrás de los toms y los platillos y se acomodó en la primera línea de la banda para ser parte del coro que entonaría la canción. Paul y sus músicos hicieron una versión del clásico de los Beatles que transportó a los presentes a varias dimensiones desconocidas, al menos para quienes no vivimos la psicodelia ni el beat de los ’60.

Crédito: Adrián Escandar

Crédito: Adrián Escandar

Uno de los momentos más emotivos fue cuando la banda dejó el escenario y McCartney quedó solo con una guitarra acústica haciendo una versión de “Blackbird” que trajo magia e intimidad a una noche que no dejaba de sorprender. La luna lo enmarcaba  todo en la postal de La Plata, y podía sentirse la sensación de estar viendo a un ex beatle en su casa haciendo canciones con simpleza, sensibilidad y desnudez instrumental. Fue muy hermoso.

Promediando el concierto, Leila, una nena de 10 años de Buenos Aires, apareció en el escenario con un mono de peluche para saludar al ex beatle y conversar en inglés. El propio Paul la presentó como una sorpresa e hizo pasar a su madre para saludarla, comentando que a veces hacían subir a alguien del público al azar como parte del espectáculo. Cuando le preguntó a la joven Leila si quería que le firme el mono, ella respondió con frescura: “No, I want to play the bass with you” (-No, quiero tocar el bajo con vos-), él sonrió sorprendido y le preguntó si había traído su instrumento para acompañarlo, y buscó la complicidad del público incluyéndolo en la conversación y preguntando qué pensaba al respecto. Todos aplaudieron y alentaron al momento en que un asistente apareció en escena y le acercó el instrumento que antes había usado Brian Ray para una canción: un bajo Epiphone SG color claro (sí, el de forma de cuernitos estilo AC/DC).

Se lo colgaron del cuello y Paul intercambió acordes con ella, dio su one, two, three, four e hicieron una versión de “Get Back” en donde corearon compartiendo el micrófono a la altura de Leila para que también pueda cantar. Fue una de los fotogramas más tiernos de un show que quedará por siempre en la retina de los presentes. Muchos fanáticos envidiaron la suerte de la joven Leila, y de su madre que –con su remera de The Beatles- se dio el gusto de abrazar al músico y sacarse una foto con él y su hija.

El juego de luces y la puesta de las pantallas acompañaron durante toda la noche, ya sea creando climas surrealistas con animaciones de colores, repasando en fotos la carrera de Paul, homenajeando a sus amigos Beatles, o acompañando al tema “My Valentine” con las imágenes de Johnny Depp y Natalie Portman interpretando la letra en lenguaje de señas. “Live and let die” tuvo pirotecnia y largas llamaradas de fuego que se disparaban desde el borde del escenario en determinadas estrofas de la canción.

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Hubo solos de guitarra potentes, melodías de piano románticas y psicodélicas, colchones de coros a cargo de las voces de todos los músicos y una interminable lista de canciones que parecían ser una mejor y más perfecta que la anterior. Definitivamente el tipo sabe cómo dar un buen concierto y dejar contentos a quienes conocen la primera etapa de los Beatles y quienes le entraron a su obra por sus trabajos más recientes.

El primer show en La Plata cerró con el medley del lado B de Abbey Road (“Golden Slumbers”/”Carry That Weight”/”The End”), previo paso por “Ob-la di, Ob-La-Da”, “Back in the U.S.S.R.” y otras genialidades compositivas de un tipo que supo encontrar su lugar en el puñado de artistas que trascenderán la historia de la música. Esta noche la leyenda viva de la cultura mundial vuelve al Estadio Único para dar cátedra, una vez más, de cómo se hacen cosas. Gracias, Paul, te amamos.

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