INFORME ESPECIAL | La leyenda de Santos Vega, el payador errante

Por Julián Fernández

“Dicen que en noche nublada, si su guitarra algún mozo en el Crucero del Pozo deja al intento colgada,  llega la sombra callada y al envolverla en su manto… suena el preludio de un canto, entre las cuerdas dormidas. Cuerdas que vibran heridas como por gotas de llanto… Y entonces, cruza a lo lejos galopando sobre el llano, solitario, algún paisano siente indecibles quebrantos, y alzando en vez de su canto una oración de ternura, al persignarse murmura… “el alma del viejo Santos”

Con este parafraseo del poema escrito por Rafael Obligado comienza la película “Santos Vega”, de 1971, con voz de José Larralde. El film cuenta la historia de un payador, un cantor solitario de la pampa argentina del que pocas certezas sobre su vida se supieron a lo largo de los tiempos. Esta historia que buscaremos acercar al lector es la de aquel hombre conocido popularmente como una leyenda, un hombre que vivió con el nombre de Santos Vega.

Se desconoce prácticamente todo acerca de la vida de Santos Vega. Lo único certero acerca de este hombre, que se estima que vivió entre fines del siglo XVIII y principios del XIX merodeando solitario los campos de la pampa argentina, es su legado transmitido de generación en generación de payador invencible, cayendo derrotado por el mismísimo diablo.

No caben dudas que el hombre fue un payador, trovador popular narrador de las realidades políticas y sociales, merodeador de cuanta pulpería asomaba en el horizonte de su errante deambular. Sobre él se han escrito numerosas historias que han contribuido a envolver su figura con un manto de misticismo y fantasía.  Lo cierto es que deambuló con su guitarra errante por los interminables campos de la pampa en búsqueda de los llamados “entreveros” o “payadas de contrapunto”, justas o torneos de canto y verso que eran comunes a principios del siglo XIX. De estas justas siempre Santos Vega salía vencedor. Nadie lo igualaba.

Es necesario imaginar su voz de timbre cristalino y trágico siendo escuchada en religioso silencio por los incontables paisanos a lo largo y a lo ancho de la Pampa Argentina. Los relatos conocidos de mayor trascendencia acerca de Vega son los de Bartolomé Mitre y el poema de Rafael Obligado. Inspirados en la tradición oral, que transmiten una imagen abstracta y fantástica de Vega. “Tu alma puebla los desiertos, y del Sud en la campaña, al lado de una cabaña se eleva fúnebre cruz; esa cruz, bajo de un tala solitario, abandonado, es un símbolo venerado en los campos del Tuyú”, escribiría Mitre. “Yo, que en la tierra he nacido donde ese genio ha cantado, y el pampero he respirado que al payador ha nutrido, beso este suelo querido que a mis caricias se entrega, mientras de orgullo me anega la convicción de que es mía ¡la patria de Echeverría, la tierra de Santos Vega!”, escribirá Obligado.

En su tierra y en su ley

Situamos a Santos Vega por la provincia de Buenos Aires. Por lo menos, eso dicen los escritos que se han conocido sobre su persona, de aquellos que afirman haberlo visto. Don Francisco Javier Muñiz, médico cirujano que transcurrió sus días en varios fortines de frontera durante el segundo gobierno de Rosas, escribió en sus memorias haber escuchado de él andando por Baradero, Dolores, y por los campos del Tuyú. El periodista Paulino Rodríguez Ocón publicó en el diario “La Prensa” en 1885 una nota en la que se daba el testimonio de una persona que de niño fue testigo de la muerte del mítico cantor. Lo retrata como “un hombre de baja estatura, delgado de cuerpo, su rostro un blanco mate estaba en relación con su barba blanca y cabello también blanco. Sus facciones, en general, eran finas. Solía andar de chaqueta corta de paño azul marino, adornada con cordones y trencilla negra”. Para ese entonces, estimaba este hombre que daba testimonio, Santos Vega tenía entre sesenta y setenta años.

Sobre su final, narra la leyenda que quien supo vencerlo fue Mandinga, personificación del diablo. Con la derrota, los registros de Santos Vega desaparecen.  En el relato hallamos a Vega en un estado deprimido, luego de haber sido derrotado por un forastero desconocido que se le presentó en vibrante desafío de guitarras y debajo de un árbol, como Juan Sin Ropa, alias de Juan Gualberto Godoy; un enviado del mismísimo Mandinga, de acuerdo a la tradición gauchesca. El testigo de la nota de Paulino Rodríguez Ocón dijo ser un pequeño peón de la estancia de Bernardino Sáenz Valiente, que se encontraba cerca de la Boca del Tuyú, provincia de Buenos Aires (hoy Partido de Gral. Madariaga). Allí, se apareció Santos Vega después de la memorable última payada. Sigue el relato del anciano que de niño vio morir a Vega, una tarde de invierno de 1825: “Santos Vega venía triste.  Algún sentimiento oculto torturaba su alma, que él en vano trataba de disimular.  Pero el dolor le agobiaba y su espíritu poderoso por momentos parecía ceder al enorme peso de una silenciosa agonía.  Sentía frío, pero no el frío que sienten los cuerpos sanos y robustos, sino el frío glacial de la muerte que ningún calor puede alejar”.

“En medio de un dolor indescriptible –dice la nota de “La Prensa” de 1885-, los viejos amigos de Santos Vega dieron sepultura al cantor.  Colocaron sobre su tumba una tosca cruz de tala para distinguir su sepultura.  Los restos del payador reposan en esa isla.  A la sazón Buenos Aires luchaba con el Brasil, encontrándose sitiada por dos escuadras del Imperio.  Con este motivo, diecisiete buques habían naufragado en el Tuyú, y el salvataje lo hacían los moradores de sus costas.  En la estancia de Sáenz Valiente –continúa el hombre que trabajó en esa estancia por ese entonces-, teatro del suceso narrado, habían reunido una inmensa cantidad de maderas de los buques náufragos, y de estas maderas se emplearon en la construcción del féretro de Santos Vega”.

Sobre  Juan Gualberto Godoy, el vencedor de la payada, se sabe oriundo de la provincia de Mendoza.  Los paisanos lo tenían por excelso improvisador merced a su condición de poeta, al punto de llegar a componer sus versos en cartulinas para luego vendérselas a los gauchos.  El tradicionalista Bernárdez Jacques ha cotejado algunos datos que hacen presuponer, con un grado ínfimo de error, que Godoy comercializaba sus versos escritos en una pulpería situada en el Tuyú. Mientras vivió en la provincia de Buenos Aires vendiendo sus versos en cartulinas, Santos Vega, que andaba de fogón en fogón y de pulpería en pulpería, es harto probable que se haya encontrado con Godoy en el boliche del Tuyú donde comercializaba sus inspiraciones. En su famoso poema Santos Vega, Rafael Obligado nos ofrece la visión de un payador idílico con poco de realismo, alejado del que muere en 1825 en el Tuyú.

El poeta eterno

De los cuatro cantos o partes en que se divide el poema de Obligado, La Muerte del Payador es el que arroja, en dosis pequeñas por todo lo dicho anteriormente, algunas pinceladas de ese realismo buscado para una biografía del gaucho. Entre las licencias que se toma Obligado, se dice que Vega muere por el amor de una morocha cuyos ojos lo cautivaron.  No deja de referir el poeta, de todas maneras, que el final de Santos Vega se produce en una payada y ante Juan Sin Ropa (el mendocino Juan Gualberto Godoy, reencarnación del Progreso y el Diablo).

Vega, el payador, dice aceptar la derrota a manos del mendocino Godoy.  Y, seguidamente, y como desenlace, la poesía de Rafael Obligado permite inferir que Vega se esfumó de la faz de la tierra, no quedando siquiera rastros de sus cenizas, mientras el Progreso y Mandinga celebraban el aquelarre, la destrucción del tradicionalismo a manos del progreso infernal.

Hasta aquí lo conocido sobre la leyenda de Santos Vega. Proponemos ahora al lector figurar la imagen de Vega saliendo vencido de la contienda musical con Godoy o Mandinga. Un viejo y noble abuelo, aquel que cantando murió siendo aquel que vivió cantando, dando fin a su último canto. Desplegando ahora a través de la llanura en una triste tarde oscura las tinieblas de su manto. Caminando lento cabizbajo en el crepúsculo de la tarde, suspirando, porque el diablo lo venció.

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