Mr. Robot: la referencia pop

Por Juan Ignacio Solari

Para entender la importancia que tiene la música en el cine y la televisión alcanza con ver hoy, en 2016, una película muda. O en su defecto (y peor todavía) ver una película no-muda con el sonido apagado. Cualquier criatura nacida durante la era del cine sonoro tiende a perder el equilibrio o sentir un vacío o ansiedad extraños cuando un medio habitualmente tenido por audiovisual se ve desprovisto de su mitad audio- para limitarse a lo -visual.

Prescripción: interpretar música en vivo durante las proyecciones, como se acostumbraba a hacer cuando nadie había sincronizado cinta y sonido, práctica que subsiste en los festivales en los que pasan pelis de aquella época. Con esto me refiero tanto a las salas de cine como al cuarto de nuestra casa: algo así como lo que hizo Neil Young para componer la banda de sonido de Dead Man. O, a modo de plan B, darle play a algún disco que nos guste y que pensemos que más o menos va con la premisa de la película.

O no. Puede ser sumamente disonante y producir una suerte de desacople entre lo que vemos y lo que escuchamos. Esto es sólo otra forma del sentido. Tenemos, por un lado, la conocida Dark Side of the Rainbow, en la que Dark Side of the Moon funciona como banda sonora de la Wizard of Oz del ‘39 y, por otro lado a mí, en mi casa, viendo una peli del año ‘15 con un disco de avant garde jazz, un desastre que puede generar uno o dos momentos interesantes. Ambas son igualmente válidas y nos dan la pauta del grado de arbitrariedad que puede regir la asignación de música a una película, y de la misma forma, el efecto que puede tener si la herramienta es utilizada a conciencia.

Vamos a hablar de soundtracks. A diferencia de los scores, que son composiciones originales hechas para la película o serie en cuestión, los soundtracks abarcan todos los temas que se usan para acompañar las imágenes (técnicamente esto se extiende a diálogos y efectos de sonido, pero no nos vamos a meter con eso ahora). Los equivalentes en castellano son banda sonora y música incidental, pese a que el segundo término no esté muy difundido fuera del sector especializado.

Lo habitual es escuchar que la música está ahí para expresar las emociones de los personajes, lo que no pueden decir o lo que está dentro de sus cabezas. Pero esto, aparte ser una concepción un poco estrecha, limita tanto el proceso de montaje como las lecturas que el espectador pueda hacer de la escena.

Analizando Mr. Robot

En el cuarto capítulo de la segunda temporada de Mr. Robot, Elliot, el protagonista, imagina el futuro ideal por el que pelea. Se proyecta, piensa un desenlace de cuento de hadas, hace las paces con todo el mundo, ve a la corporación que considera la raíz de todo mal desplomarse en forma de rascacielos delante de sus ojos y los de sus seres queridos. Suena una especie de canción de cuna. Después de varios días de lucha interna, Elliot se concede un momento de optimismo que le permita conciliar el sueño. Hasta acá todo normal: la música podría ser tranquilamente “la música de la cabeza” del personaje, enfatizando el estado de ánimo en el que está sumergido, la paz que su cara refleja y que quiere transmitir a su audiencia cómplice.

Pero ocurre que el tema es una versión de cuna de Basket Case de Green Day. Además de ser posiblemente el tema más reconocible de Green Day, Basket Case habla de la ansiedad y el pánico que hacían que Billie Joe Armstrong, allá por el ’94, se cuestionara su cordura. Si vamos directo a la letra, encontramos que pinta a Elliot de arriba a abajo con la precisión, por lo menos, con la que el horóscopo de Acuario habla sobre mi propia vida. Y eso es bastante.

“Basket case” es, además, una expresión que se usa coloquialmente para designar lunáticos y casos de psiquiátrico. Aparentemente deriva de una forma vulgar de llamar a los amputados durante la Primera Guerra Mundial, en la cual “los llevaban por ahí en canastas” y este significado se extiende al estado de parálisis que aqueja a quienes padecen trastornos mentales sobre los que no pueden cerrarse. Una vez más, Elliot, construyendo santuarios emocionales para preservar su estabilidad psicológica, unos que por lo absurdo y por el bien de la continuidad narrativa de la serie, suelen tener alguna fisura.

Acá la música trabaja en otro nivel: el de la referencia. El efecto se produce en la medida que podamos reponerla, es decir, si reconocemos que la melodía de la canción de cuna es la melodía de Basket Case y tenemos aunque sea una vaga idea de lo que dice la letra. En ese caso, se completa en nuestra mente un significado que, si depositamos todo el peso narrativo en la voz del protagonista, parece decir “me voy a dormir tranquilo y optimista pero en el fondo sé que algo patina”. También puede pasar que Elliot se tome en serio sus propias fantasías y que una voz por detrás, quizás omnisciente, nos dice que en realidad está de la nuca: “andate a dormir tranquilo que todos sabemos que te patina”. Mr. Robot maneja ambos tipos de narradores y nos da la libertad de decantarnos por cualquiera de las interpretaciones.

Ojo, pensar que el efecto puede reducirse a este par de fórmulas es un demérito del medio: en realidad, los resultados no pueden plasmarse en palabras y ahí reside su fuerza. La posibilidad de diversos grados de reposición, varias interpretaciones, incluso algunas de ellas “incompletas” es, en realidad, una fortaleza.

El peligro de la referencia pop, y de las referencias en general, es, entonces, que funcionan en la medida que la audiencia sea capaz de reponerlas. En mi caso, no reconocí la melodía cuando vi la escena por primera vez, pese a que en alguna época me dije fan de Green Day, y por lo tanto, no pude sacarle todo el jugo, digamos, no pude recuperar el subtexto irónico. Fui a devolver mi credencial cubierta de polvo y en el camino se me ocurrió escribir este artículo, para explicar cómo trabajó en mí esta forma de emplear la música en la TV (cine, cof) y cómo se enriqueció cuando pude reconocer el tema, al punto de considerar la escena como una de las más geniales de esta segunda temporada.

No es el primer ni único caso en Mr. Robot: en la primera temporada abundan los momentos en los que la serie echa mano a temas pop para enriquecer su discurso. En una escena entre Elliot y Tyrell, por ejemplo, suena una versión mellow de Where Is My Mind de los Pixies. El tema funciona como música incidental, como subtexto y, por supuesto, como referencia a Fight Club, película de cuya sombra la serie nunca pudo escapar pero por lo menos tiene la dignidad de reconocer la filiación.

En el séptimo capítulo, cuando (ahora sí, vienen los spoilers) Tyrell ahorca a Sharon Knowles en una terraza, suena Two Weeks de FKA twigs. Musicalmente hablando, el tema reviste la escena de algo de la sexualidad androide de Tahliah Barnett y subraya el carácter sensual del encuentro. En el plano referencial se podría decir que la letra describe con bastante exactitud la naturaleza de la relación de ambos: sexual, tensa y, en última instancia, violenta. La operación, en este caso, es de énfasis. En el juego de poder de Tyrell, Sharon existe como una extensión de su marido, Scott. Si logra entrar en ese pedazo de su mundo, el lugar de poder de Scott se resquebraja. Tyrell logra provocar y generar tensión durante la cena de ambas parejas unos días antes, cuando entra de prepo al baño que Sharon está ocupando, pero ni bien ve que sus planes no están saliendo como quería, la asesina como represalia contra su marido.

De repente, ahorcar a alguien tiene otro significado si de fondo suena música sensual. Cuando ella deja de respirar y Tyrell cae en la cuenta de lo que hizo, la música se corta.

La escena, además de cargada de significado, es memorable. Los temas pop (sostengo esta denominación algo vaga para que quede claro el lugar de la cultura del que provienen) tienen ese valor agregado por sobre las meras pistas de banda sonora: confieren a la escena un carácter y una identidad muy marcados y la hacen fácilmente recordable, aun cuando no conozcamos la canción. En algunos casos también aportan el factor cool. Muchos directores tienen esto muy en claro: Tarantino y Wes Anderson, por citar algunos de los más conocidos, y en el terreno nacional, Trapero. Los efectos son variados, incluso no deseados, es decir, se trata de un tema muy estudiado, pero siempre hay un gran margen de error, o mejor dicho, de amplitud de interpretación o experiencia.

Muchos críticos coinciden en que el cine no es un medio intelectual sino principalmente emotivo, donde el espectador reacciona inconscientemente antes de poder razonar lo que está viendo. La música se mete con nuestras emociones, y desde que acompaña al cine, se ha vuelto fundamental en la forma en la que vivimos y entendemos películas y series. Mr. Robot también tiene eso muy en claro.

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